Cuando la imaginación se queda corta…

Regreso con la obligación de contarles lo que solo mis ojos vieron, ya que fui con la convicción de que sería más convincente escribirlo que verlo en una foto, que mi imaginación podría tener más tintes y abarcar más espacio que una simple imagen captada, y la realidad es que en un lugar así hasta esta se queda corta, vivi situaciones que pense que ni la mejor novela podría describirlas, escuche historias que solo pensé salían en la televisión, los aromas eran tan variados y cautivantes que nunca pude determinar que los producía, y finalmente lo que mis ojos vieron, estoy seguro que el mejor director de fotografía jamás llegaría a resultados tan convincentes.

Paso demasiado en tan pocos días, y aunque a lo mejor pierda detalle de todo lo vivido tratare de ser breve, esto comienza temprano el día viernes, me levanto tarde después de no haber escuchado el despertador y haber llegado tarde de la fiesta del día anterior, fuimos a comprar algunos enceres para el viaje y una vez hecho esto salimos de Puebla capital, habremos hecho aproximadamente unas 3 horas, es en verdad caprichosa la naturaleza y sus bondades, es increíble la variedad de diferencias de una región a otra los climas, la gente, la arquitectura todo va cambiando en base a los kilometros recorridos, pero en general el viaje es muy comodo y realmente lo dificil fue pasando un pueblo llamado Zaragoza donde se comienza a subir hacia la sierra, pero parece que este camino tan complicado fue trazado para disfrutar poco a poco de lo mágico de esta tierra, inmediatamente se comienza a percibir este olor a humedo y verde, las nubes están tan abajo que parece pudieran tocarse, y las ves tan frágiles que supones no pueden hacer daño alguno como algodón, que equivocados estabamos; finalmente comienzan en el panorama a aparecer casitas con tejas, la teja de un color barro oscuro y con tintes verduzcos por el moho que les crece, la madera en un tono oscuro y con apariencia de mojada y conforme se va subiendo hasta la luz parece cambiar de color, esta tiene un tono rojizo anaranjado que filtrada por las ramas de los arboles parece indicar caminos.

Finalmente despues de pasar un cerro se empezó a ver la cúpula de una iglesia, toda esta cubierta con jarritos, y conforme ibamos subiendo se empezó a ver la totalidad del pueblo, sin ser muy grande y aun con los añadidos de casas grises hechas con block, podía leerse la tipología de las casas donde predominaba el blanco, la piedra, madera y teja. Entramos al pueblo por una de las calles que la circunda y apenas vieron que eramos de fuera se acercaron varios niños a ofrecernos sus servicios para llevarnos a visitar todos los atractivos tanto naturales como arquitectónicos que puede ofrecer Cuetzalan. El trazo de plato roto de sus calles de piedra solo completaban la fantasía de aquel lugar, y aunque debo confesar que nos costó mucho trabajo entender la circulación de estas entre el caos del mercado y los lugareños y visitantes, finalmente llegamos al hotel.

Y si pensaba que el tiempo se había detenido en aquella ciudad, aun no había visto lo mejor, el hotel. El “Posada 1800”, una casa conservada desde ese siglo, era un almanaque de recuerdos y de fotos de aquellos que habían morado en esa casa; fotos, cuadros y muebles antiguos combinaban perfectamente con la duela de madera que rechinaba a cada paso, al abrir el cuarto el olor a tiempo era innegable, camine casi instintivamente al balcón y ahí estaba, justo frente a nosotros se presentaba en toda su elegancia indígena la iglesia principal. Estaba enamorado del momento y de esa vista tan espectacular a la iglesia y a lo que se podía entender como el zócalo de ahí, cientos de personas caminando por ahí comiendo, comprando, chachareando.

Fuimos a comer a un lugar donde se lograba escuchar algo así como sones y huapangos, al entrar 2 indígenas con una guitarra y un violín respectivamente amenizaban la comida de los que estabamos ahí reunidos, y aunque el servicio no fue lo mejor, puedo jurar que cada bocado me sabía a gloria, esa cecina y las enchiladas tenían un sabor tan especial y la plática tan diversa que el tiempo se pasó volando, solo en el horizonte veía el sol cambiando el color del cielo, saliendo de ahi fuimos un rato a caminar y encontramos un lugar de nombre “Nikneki” donde unos chilangos que tenían toda la facha de venir de alguna colonia fresa del DF y con el afán de revolucionar la cultura del lugar, habían montado un café/restaurant de comida orgánica y vegetariana, se me hizo un crimen no entrar ahí y criticar esta actividad que lo único que hace es desvalorar las tradiciones de un lugar así, sin embargo probé el mejor café turco que he probado en mi vida (considerando que fue la primera vez que probé uno), y bueno no podía hartarme de disfrutar la vista de la ciudad, después de ahí ya habíamos ido a reservar en un lugar de nombre “La Peña de los Jarritos” que al parecer es el más popular de ahí.

Al llegar todos los ahí presentes veían hacia arriba, y es que estaban los voladores de Papantla dando su espectaculo de las 8:30pm y aunque si he de confesar, nunca me han llamado la atención este tipo de costumbres de pueblo, sin embargo algo había ese día que me hipnotizó y sólo veía el trance de esas 4 personas que a casi 40 metros de altura entraban en comunión con la naturaleza para convertirse en aves y vencer el miedo a volar, en fin aplaudí como niño cuando el último toco el piso y para mi sorpresa uno de ellos era mujer (simplemente me llamó la atención), entramos y la mesa no pudo ser mejor, estabamos tan cerca del escenario que parecia un espectaculo privado, entre trova y sones cubanos y una que otra petición de boleros y baladas estos músicos amenizaron gran parte de la noche, todo excelente, una vez más la comida y la bebida no faltaron y después de unas cuantas copas el miedo se va perdiendo a tal punto que pedí me dejaran subir a cantar con ellos, y supongo que no lo hice tan mal porque fui despedido con aplausos y uno que otro halago, y llegó a la mesa una amiga de nombre Gaby, con quien había ido a la preparatoria juntos, me dió muchisimo gusto encontrarla ahí, al parecer iba con su novio y otra pareja a disfrutar de lo mismo que estabamos gozando nosotros; después de presentarla se acerco al escenario y pidio cantar, sus palabras fueron… “quiero dedicar esta canción a Felipe, que después de año y medio me corto al llegar aqui”, obviamente abuchearon al pobre hombre hasta que se cansaron, finalmente empezó con una canción de Rossana y la cantó con tanto sentimiento que le pidieron cantara otra, a media canción se acerca el susodicho y también pidió la palabra, obviamente nadie creyó en una sola de estas y mucho menos del sentimiento en la canción, finalmente parece que esta niña optó por la indiferencia a la situación y de disfrutar del lugar y andaba mendigando amor, fue muy triste ver a mujer tan guapa, preparada y abierta, ceder ante un amor tan vacío como ese, sin embargo cada día que pasa me decepciono más de este tema, finalmente hubo algo que rescato la noche, ya que conocimos a Don Amado, un señor de unos sesenta años calculo, que pidió la guitarra y entono aquella canción de Joan Manuel Serrat de “… caminante no hay camino”, ignoro si ese sea el nombre de la canción, sin embargo acariciaba la guitarra de una manera increíble, todo mundo quedo embelezado por aquella actuación y comenzó con un repertorio de los Beatles que fascinó a todos; despues regresaron a tocar los 2 chavos y la noche fue muy corta ya que cuando nos dimos cuenta eran practicamente las 4 de la mañana; pagamos la cuenta que para nuestra sorpresa no era ni lo que hubieramos pagado individualmente en algun lugar en la ciudad. Aunque la temperatura era fría, y el unico ruido era el de nuestros pasos, se respiraba tanta traquilidad que bien pude quedarme a esperar el amanecer.

Amanecimos tarde el segundo día, una vez más la postal que teníamos en el cuarto no nos traicionó y mientras esperaba por mi turno al baño, pude observar desde mi cama el ritual de los voladores de Papantla; una vez listo y después de notar que andaba sufriendo un tanto los estragos del día anterior, fuimos a desayunar/comer al restaurant de un hotel que estaba cerca de la Peña, era una terraza muy comoda, unos chilaquiles verdes deliciosos con su respectiva cerveza helada para nivelar, me revivieron, estuvimos haciendo la sobremesa como era de esperarse, haciendo el recuento de los daños de la noche anterior, creo que nunca me he reído tanto en mi vida, y parece que con cada sonrisa me curaba de tantas desveladas, y tanto stress acumulado, finalmente regrese al hotel por mi libro y mi libreta de apuntes, tenía guardado en mi maleta un puro y me fui a un café que esta justo en la calle donde comienza el mercado y uno comienza a subir hacia la parte alta del pueblo, justo a la mitad de la primera calle encontre este café con unas mesitas al exterior, donde inmediatamente me instale, deje a mi derecha la libreta y sobre de ella el libro, puse enfrente de mi el puro y mi cajetilla de cigarros y de la chamarra saque mis lentes, me acomodé en la silla, ordene un espresso doble cortado, y después de ser convencido de lo delicioso que podía ser el pay de café con nuez, ahí estaba con la mesa perfecta para el momento adecuado, abrí mi libro que por cierto después de la mitad admito que comenzó a estar bueno, prendí el puro y en cada aspirada trataba de cerrar los ojos y concentrarme en el sabor, y así pasaron las horas, sin darme cuenta la tarde comenzaba a terminar y el clima se tornó muy humedo, comenzaron a caer apenas 3 gotas y apenas y tuve tiempo de refugiarme en el interior del café, esperé a que menguara un poco la lluvia, y mientra esto sucedía, en un instante, el pueblo entero se quedo sin luz, afortunadamente aun habia unos cuantos rayos del sol que te permitían orientarte por las calles, así que me dispuse a comprar unas veladoras o en su defecto velas, pase por algo para cenar que combinara con el vino que tenía en el hotel, llegué deje mis libro y la señora que cuidaba la casa pasó a dejarnos unas veladoras. Entre al cuarto y como era de esperarse no se veía absolutamente nada, y aunque debo de confesar que el aspecto de la casa no contribuía en nada nunca olvidaré la imagen de las nubes sobre el pueblo, en un instante, paró la lluvia y las calles se tornaron borrosas, cada edificio y persona no eran más que un bosquejo impresionista; coloque las velas por el cuarto y abrí la botella de vino, me sente un rato a observar la imagen de la ciudad, recuerdo haber pensado que en ninguna película o novela, había visto eso, ni siquiera había pasado por mi cabeza la idea de imaginarme una situación así, y fue cuando definitivamente me convencí que no existía en el mundo otro lugar como ese.

Creo que no les he comentado, sobre la cava qeu había en la casa, o bueno lo que supongo era algo asi, bajando por las escaleras hacia la cochera, justo en el descanso había un vano que te introducía a este espacio tan especial, no era muy alta, las vigas se notaban y todos los muebles de madera en un tono tan rustico que las velas eran solo el toque que faltaban para completar la fantasía, pusimos algo de música y tomamos vino hasta que se acabaron las botellas, aproximadamente a las 10 de la noche calculo que fue la hora a la que apague la ultima vela.

Dormí demasiado y sobre todo descansé, descansé como nunca, finalmente soñé y decidí el momento al cual despertar lejos de mis rutinas y mis pendientes. Al otro día después de recoger las cosas, bañarnos y comprar algunos recuerdos, el sueño termino y regresamos con la esperanza de algún día volver.

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2 Responses to “Cuando la imaginación se queda corta…”
  1. caminante no hay camino se hace camino al andar… y Cuetzalan siempre lo tendré ligado a tu nombre.

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