Don Adolfo…

Recurro a las letras como último recurso a mi tristeza, después de haber pasado unos de los días mas tristes de mi existir, pienso en desahogarme con este medio tan impersonal y compartir con algun desconocido mi historia de estos días.

Todo inicia un domingo cualquiera, con una llamada como cualquiera a las que mi familia y yo estabamos acostumbrados, que nos avisaba que el abuelo se encontraba enfermo; si he de ser sincero, esto no me preocupo ni tantito, había habido tantas de estas llamadas en los últimos años que parecía ser una más, y que lo único que incluían sus malestares era algún cólico estomacal producto de los excesos en comida que parecía ser su vicio más fuerte y el que lo mató.

Y así fue, después de despedirme de el con esta frase de la cual hoy me arrepiento si hubiera sabido que sería mi última oportunidad para dedicarle alguna palabra de afecto o tan siqueira un abrazo, pero no solo se me ocurrio decir: “otra vez tus malpasadas…”, y trato de justificarme porque en realidad me preocupaba su ritmo de vida para un viejo de casi 80 años. Una persona que hasta el último instante trabajo y que reconocía que lo que hacía era su vida y vivía para eso.

Creo que como familia muchas veces no nos damos cuenta de lo hostigante que puede ser nuestra preocupación por un ser querido, y menos cuando es uno la que la recibe, pensamos que puede ser exagerado y limitante para nuestro modus vivendi; y lo más dificil es ver que si lo hacen solo es una manera física de decirnos “te quiero… y porque te quiero te cuido…”, pero si hay personas necias en este mundo son los Perea, gente que prefiere la muerte a las limitaciones, personas egoístas y obstinadas a conseguir un beneficio placentero antes que cualquier cosa.

Ese mismo día tuve que viajar a la ciudad de Toluca donde despues de un largo viaje finalmente llegamos al destino, cansados y agobiados de estar encerrados tanto tiempo en una camioneta. Me dispuse a descansar y tuve uno de los sueño más raros que he tenido en mucho tiempo, donde un mosquito era invencible a todos mis ataques y donde muchas personas me sugerían que lo dejara en paz, que no debía matarlo, a lo lejos en el mismo sueño, escuchaba la tonada de mi celular sonando y eso fue lo que me desperto, seguido a esto solo escuché llanto, sollozos lastimeros de mi madre y mi hermana, y la noticia “… quike, por favor puedes regresar, el abuelo ha muerto…”.

Y si algo he de admirar de mi abuelo y su necedad, es que hasta para este asunto de la muerte fue necio, que no espero ni quizo incomodar a nadie, justo como el pregonaba, sin embargo no nos preparó a nosotros para recibir tal noticia, nosotros que a su edad lo veíamos fuerte, vivaracho, emprendedor, coqueto y conservado, lucido… pero nada, un buen día decidió morir dormido, con su sueño de todas sus noches que era alcanzar a mi abuela en el cielo, como no nos dimos cuenta de eso que era lo que más quería. Porque por más rara que fuera la relación de mis abuelos en vida y aunque juro que no podría jamás explicar, el amor tan deboto y desinteresado que ambos tenían el uno por el otro, era magia viva, y finalmente lo logro.

Con la cabeza aun llena de dolor e incomprensión dispuse mis cosas para salir inmediatamente a Puebla, con tal suerte que todos los camiones y horarios se ajustaron para que aunque fuera largo mi viaje, no tuviera que esperar, y durante 5 horas me pasé preguntando tantas cosas a mi mismo, sobre cosas que hice o deje de hacer, sobre que tanto iba a extrañarlo, sobre todo lo que no le dije y todo lo que no me dijo, y en el peor de los casos existía un loco pensamiento sobre una broma y que mi abuelo estuviera bien.

Y finalmente llegué a Puebla, inmediatamente fui a donde ya lo estaban velando, y al entrar y ver a tantas caras tristes me di cuenta de lo mucho que nos amamos en la familia, aunque no nos lo digamos, y ahí estaba, esa caja de madera que contenía todos mis recuerdos de la infacia, desde el hombre bondadoso que siempre quería verte feliz en el Sanborns pidiendo lo que quisieras siempre y cuando te lo fueras a terminar, hasta el que nos perseguía a mi primo y a mi con un cinturon de grueso calibre; pero así era él, lleno de misterios, lleno de aventuras y locuras. Y sin miedo a equivocarme se que en vida, hizo todo lo bueno y malo que siempre quizo, jamás se quedó con las ganas de nada ni se limitó a nada, por más problemas que esto puediera traerle.

La caja cerrada, todo mundo alrededor metido en sus propios pensamientos, en su propia tristeza, sus hijos pasando la más lenta agonía de saber que se había ido aquel que les enseño el valor de una familia y la importancia del trabajo. Y nosotros, sus nietos, a quienes me atrevo a decir que nos quería más que a sus propios hijos, ya que ahora su tarea ya no era educar sino consentir. Todos estabamos ahí, recordando y contando nuestras historias compartidas o alguna que otra anecdota individual con el. Pero no todo fue tristeza, en realidad gran parte del tiempo nos la pasabamos riendo con alguna ocurrencia que tenía, algún recuerdo y siempre había algo que decir de él. En alguna otra ocasión les contaré algunas de estas tantas.

Nunca había visto tantas flores en un velorio, la habitación estaba repleta a tal grado que resultaba complicado caminar por lo reducido del espacio y por la cantidad de gente que había ido a despedir a mi abuelo; descubri lo amplia y diversa que es mi familia, y la cantidad de amistades que amaban de corazon a mi abuelo. Hubo reencuentros de familia después de casi 25 años no verse, y la misma familia que a veces se fractura se unió para recordar a ese gran hombre, creo que fué el mejor de los legados que dejó, que recordaramos que somos una familia. Sin embargo es una lástima que tenga que suceder una tragedia para que este pensamiento nos llegue a la cabeza, y sinceramente dudo que vuelva a suceder.

La noche parecía eterna, poco a poco las personas iban desapareciendo dejando lugar a los hijos y nietos que entre lagrimas y recuerdos permanecían inmoviles haciendo guardia, y entre uno de esos tantos pensamientos encontre el valor para abrir la caja que permanecía cerrada en petición a mi tía. Al abrirla no se si por morbo o por nostalgia, varios de mis primos se acercaron a ver el cadaver, permanecía ahi, como si estuviera dormido, con ese traje khaki que tanto le gustaba, y al que llevaba a su fiesta mas de gala así como un domingo cualquiera, si no fuera por ese tono tan palido de su piel y las costuras en su boca, juraría que en cualquier momento iba a despertar; tenía tantas ganas de gritarle que abriera los ojos, que ahí estabamos, que dejara de jugar con eso, que ya lo extrañabamos, que lo necesitabamos. Y ahí fue cuando me despedí de él, cuando en silencio le conté mis planes y lo agradecido que estaba con la vida por haberme dado un ejemplo como él.

Fui a descansar un rato, no podía ni con mi alma, quería dormir y que al despertar mi realidad fuera distinta, que solo se tratase de un horrible sueño, y quizás fue tanto mi afán por olvidarlo que desperte muy tarde, y casi pierdo el momento en que lo mentieron a incinerar, llegué corriendo y mi familia ya estaba ahí, reunida, llorando años de compañía y buenos momentos; y es que tantas lágrimas solo podían significar el gran amor que todos le teníamos y que ahora quedaría suelto, sin dueño. Momentos después, sólo se escuchaba el sonido del horno, y no sabría precisar si me daba miedo o coraje escucharlo, era tan triste saber o pensar lo que estaba sucediendo ahí dentro, y en el momento de más tensión y tristeza, cuando todo mundo derramaba por lo menos una lágrima, mi prima trato de asomarse por el cristal dandose un golpazo en la frente, se volteó preocupada y esperando que no hubieramos notado el sonido que produjo su frente contra el vidrio, y cuando todos volteamos a verla y al ver su cara de preocupación ante tal tontería, todos soltamos la carcajada mas sincera.

Y hasta aquí la historia de la noche mas triste, en que despedimos al más grande de los hombres…

Descansa en paz abuelo.

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